LA “SEGUNDA VIDA” DE LOS NACIDOS EN PROBETA

1936
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provetta

“Soy un producto comprado en el supermercado, del que se cortó la etiqueta”: Se presenta así, en una entrevista para el periódico “Tiempo”,  Stephanie Raeymaekers, belga, de 36 años de edad que nunca ha encontrado la paz. Es uno de los primeros “niños de probeta”, concebidos con la esperma de un denominado “donante” – es decir, un vendedor -, adquiriendo ante un banco de “material biológico”. Cuenta de su infeliz e insatisfecha búsqueda del padre natural, que no puede conocer, sobre la base de una ley nacional que viola un principio fundamental de los derechos humanos reconocidos como universales en las Cartas internacionales y en las Convenciones de los menores: el derecho a una identidad cierta.

No es un caso aislado, el de Stephanie. Alana Stewart Newman, concebida también con la misma modalidad, ha definido la fecundación heteróloga “el acto violento de comprar y vender un hijo.” La ha privado, junto con el padre natural, de toda la familia paterna, de los abuelos, de los tíos. Después de la infancia pasada a “fantasear acerca del padre biológico” – dice – que también ha sufrido el abandono por parte del padre social, como consecuencia del divorcio de la madre. “He sufrido muchos problemas de identidad, desconfianza, odio por el sexo opuesto. Existo sólo como un juguete, como un experimento científico “, dice. Y agrega: “Si la ley se puede llevar algo tan valioso como una madre o un padre, como se puede esperar que la próxima generación de “huérfanos” pueda interesarse a luchar por la democracia, el aire sin contaminación o el agua pública? El Estado y el business de la probeta te obligan a una vida sin raíces “. Para Alana, no se le puede pedir a un hijo el de “no hacer preguntas” acerca del padre desconocido, y aquellos que optaron por hacerlo nacer de está manera “han sido simplemente egoístas.” Alana también ha creado un sitio web, anonymousus.org, para ofrecer ayuda a los que se encuentran en su condición, dramática, de identidad y derechos negados.

Son historias de dolor, de hecho, la mayor parte de estas vidas elencadas. Una bofetada de la verdad a quienes se esconden detrás de la falsa como superficial retórica de la del triunfo de la vida para apoyar la fertilización en probeta o, peor, el “útero en alquiler”, donde tanto la madre como el hijo son tratados como una mercancía en el mercado lucrativo de la procreación artificial.

Gracie Crane es una chica inglesa. Ha comentado al periódico británico “Daily Mail”, su tragedia de una vida vivida como una hija extraña. Era un embrión, que navegaba en nitrógeno líquido hasta que se decidiera su destino, el que alguien decidiera dejarlo viajar por la vida, o de tirarlo a la basura como desecho, o utilizarlo como un material biológico para cremas y productos de perfumería. Sus padres “adoptivos” lo han salvado de un futuro de reciclaje y de los residuos. “Pero el amor no es suficiente”, dice. “No sé quién soy ni de dónde vengo.” Y añade: “Si no puedo tener hijos, nunca iría a recurrir al Fivet. No quiero causar a los demás lo que pasé yo”. Después añade: “Los seres humanos no son productos comerciales.” Mientras que, en su blog, Lindsey Greenawalt escribe: “Si pudiera elegir entre una vida a la mitad, como la mía, y una no vida, habría elegido esta última.”

Audrey Kermalvezen, Francés de treinta y tres años, como foco de atención de las conciencias civiles acerca de otro problema, ético y jurídico, así como psicológico, de los hijos “en laboratorio”. Sólo después de casarse, con otro nacido de la fecundación heteróloga, en el 2009, descubrió de haber sido concebida también ella en probeta. Y, junto con el gran tormento de no saber quién es, de cuales genes y experiencias sea heredera, vive también con el temor de ser culpable involuntaria de incesto. El marido podría ser su hermano. “No podemos saber si tenemos el mismo padre,” dice. Audrey es uno de los mayores oponentes de la fecundación heteróloga y, sobre todo, del anonimato de los llamados “donantes”. Junto con su marido. En Francia, su historia se ha convertido en un best seller, en 2014, bajo el título Mes origines, une affaire d’Etat (“Mis origenes, un asunto de Estado”). Pero no hay un precio, o “remedio”, por todo su sufrimiento, asegura.

Ya en los años Ochenta, el psicólogo Leonardo Ancona, alumno favorito del padre Agostino Gemelli, innovador de la psiquiatría y del psicoanálisis, escribió en un artículo científico: “El niño nació por inseminación heteróloga encontrado una serie de dificultades; estas van desde el establecerse del ‘complejo de padrasto’ hacia él, a su experiencia de rechazo en el caso de depresión post partum de la madre, a la carga de sobreprotección que recompensa al hijo cuando se busca la recuperación antinatural … “. La ciencia explica que la formación de la persona, y por lo tanto de la personalidad, inicia desde el primer momento de la fecundación. El conocimiento de sus orígenes, para el hijo en probeta, pueden producir graves daños, incluso – declara Ancona – “tardes, en la fase de la adolescencia, rasgos psicopatológicos, con dificultad de identificación, con incapacidad de adecuadas relaciones inter-subjetivos, que pueden articularse con el ya provado circuito familiar dando lugar a los cuadros irreversibles de malestar colectivo”.

La alarma sobre los riesgos del uso de la fecundación heteróloga se ha puesto en marcha también por sus partidarios. En el 2002, por ejemplo, uno de los más reconocidos pilastres de la procreación asistida, Carlo Flamigni, escribió que “son muy importantes y dignas de atención las referencias a las resonancias negativas que la donación de gametos puede dar lugar tanto del padre como de la pareja”. A menudo, de hecho, es a causa de las peleas y separaciones entre los cónyuges. El  partner que no han “participado” a la paternidad biológica, la mayoría de las veces se siente “excluido”, o puesto a un lado, en la relación con el hijo. El psiquiatra y sexólogo Willy Pasini, afirmo que “la mayoría de los hombres perciben el donante como un rival, hacia los que se pueden presentar sentimientos de inferioridad, celos, incluso de delirio de persecución.”

Cuando es la madre en ser “sustituida” en la procreación, los daños no son menores. Luego está el problema, no marginal, de el psico-somático, del “no reconocerse” mutuamente entre los padres sociales y los hijos probeta. Mientras que la literatura científica advierte que, “a pesar de tener la mejor voluntad, parece imposible que el donante el mantenerse alejado del niño nacidos de ese pequeño pedazo de sí misma que crece en otra parte” (Carlo Flamigni). Y eso vale también para la madre “sustituta”, en la práctica inhumana e incivilizada de “útero en alquiler”  como lo ha escrito Anna Elisa Gómez, en el artículo publicado en In Terris bajo el título “La mujer no es una fábrica”.

No hay nada romántico o maravilloso, de hecho, en la vida “a mitad” o ” en blanco y negro” de los hijos “juguete”, producidos en el laboratorio, con el fin de satisfacer el deseo egoísta de ser padres. Sin embargo, existe tanta tristeza, ansiedad e inseguridad.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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