La criticidad del Euro

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Han pasado dieciocho años desde el nacimiento formal de la “moneda única”, y catorce de su introducción física en aquella que, desde entonces, se denomina la Eurozona.
Este período es suficiente para poder analizar y “sacar conclusiones” en relación con el evento príncipe de la integración europea y detenerse en los aspectos positivos y en los críticos, evidentes, que dieron lugar a la aparición de varios movimientos críticos, si no abiertamente hostiles, al mantenimiento de la unión monetaria.

Es interesante recordar, en primer lugar, cuáles fueron las condiciones previas necesarias para que un Estado pudiera entrar al uso de la Moneda Única y que habían sido establecidas por el Tratado de Maastricht, unos años antes: un déficit igual o por debajo del 3% del producto interno bruto; una relación de deuda pública / PIB inferior del 60%; una tasa de inflación que no excede en más de 1,5 puntos porcentuales, en comparación con la media de los tres Estados miembros con la inflación más baja; las tasas de interés a largo plazo no superan los 2 puntos porcentuales, respecto de la media de los tres Estados miembros con la inflación más baja; que pertenezcan de al menos dos años al Sistema Monetario Europeo.

Es evidente que en ese momento, como del resto, Italia no ha respetado algunos de estos parámetros, especialmente los relacionados con el stock de la deuda pública anterior pero, en el proceso de adhesión en los años 90, también se admitieron que los Estados miembros cuyos parámetros desalineados a lo pautado habrían mostrado una tendencia de alineación en el mediano plazo. Fue de está manera que incluso Italia y Bélgica lograron entrar entre los primeros países en adoptar la nueva “moneda”.

Ya en la fase de start up, sin embargo, el proyecto Euro sufrió varias críticas, entre ellas la más acreditada, fue sin duda la de Milton Friedman. En 1997, el Premio Nobel de la Economía publicó un estudio, The euro: monetary unity to political disunity , en donde analizó la críticidades inherentes en lo que parecía todavía sólo un proyecto, aunque si era avanzado, de un grupo de líderes políticos, economistas y banqueros centrales.

“El impulso por el Euro fue motivado por la política, no por la economía. […] Yo creo que la adopción del Euro tendrá el efecto contrario. Exacerbará las tensiones políticas  convirtiendolo en shock de divergencias que se podrían haber fácilmente evitado con el ajuste del tipo de cambio en problemas políticos de divisiones”. Y de nuevo “Una unidad política puede abrir camino para una unidad monetaria. Una unidad monetaria impuesta bajo condiciones desfavorables resultará un obstáculo para alcanzar la unidad política”.

Con estas palabras se cierra la paradoja generada por la adopción de la moneda única que debería haber sido el resultado final de un proceso de agregación política que, en cambio, pareciera convertirse una causa de continuas divisiones al interno de los Estados miembros de la Unión Europea.

El razonamiento de Friedman es, de hecho, muy simple: una moneda común es un optimo instrumento económico en ciertas condiciones, pero insuficiente, de hecho contraproducente, en otras. Su bondad o no, depende de los mecanismos de armonización que existen entre los Estados que lo adoptan. La primera situación, aquella positiva, está representada por los Estados Unidos. La segunda desde entonces, Comunidad Europea, actualmente UE.

Los Estados Unidos, de hecho, adoptan muchos factores de compensación, como escribió Friedman, “Los estadounidenses hablan el mismo idioma, ven las mismas películas y pueden moverse libremente de un país a otro, los salarios y los precios son moderadamente flexibles y el gobierno federal gasta alrededor del doble de los gobiernos nacionales “. Las diferencias fiscales entre los Estados, que también existen, están sin embargo, incluidas en un sistema armónico y estructurado a nivel federal, que permite a una competencia fiscal virtuosa, a nivel de alícuotas, facilitado por la comparación del nivel de prelieve bastante fácil dado que el modelo formal común en todos los países de la Unión. Los shock económicos, por lo tanto, son compensados por el “movimiento de personas y capitales, de los traspasos de liquidez de la administración central a los Estados y de la flexibilidad de los precios y salarios.”

Europa, por el contrario, hace veinte años, como lo sigue siendo hoy en día, no presenta alguna de estas condiciones: a pesar de que los capitales tengan una “forma privilegiada” por la circulación interna, para los bienes y servicios no se puede decir lo mismo, las diferencias en la regulación del mercado de trabajo y de las relaciones de empresa eran y siguen siendo notables, y la Comisión Europea – en ese entonces y ahora – invierte una pequeña fracción del presupuesto de los gobiernos de la Eurozona, que no representa un verdadero gobierno federal, sino sólo un Ente Supranacional con poderes limitados y reservadas por los Tratados.

El Euro nació así. Mutilado, ya que no se hace referencia a un mercado homogéneo, sino a una pluralidad de Estados que tienen códigos civiles, sistemas fiscales y también estructuras internas del gobierno muy diferentes.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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