SOLDADO WASIL, ASESINADO A LOS 11 AÑOS

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Wasil Ahmad  tenía sólo 10 años cuando los talibanes lo han plagado de impacto de balas en el ingreso de la casa. Su tío, un agente de la policía local afgana, lo había presionado a alistarse, para acceder a un AK-47 y en usarlo sin escrúpulos contra los enemigos, porque en ciertas partes del mundo, nunca se es demasiado joven para comenzar a matar.

El pequeño soldado se había convertido incluso en un héroe nacional después de haber defendido durante 40 días, y el solo, la jefatura de policía de los ataques de los fundamentalistas islámicos, que acababan de matar a su padre y habían herido gravemente al tío. Por su coraje, el gobierno afgano lo premió y lo hizó desfilar en un desfile militar, sus fotos con el fusil en su mano, conquistó los corazones de los adultos. Wasil, sin embargo, tenía un deseo: regresar a la escuela, a sus amigos, y no hacer más la guerra si no solamente por juego. Había abandonado las armas y abrazado la normalidad. Hasta que una mañana, los talibanes le han disparado cuando salía de casa para ir al mercado. Unos segundos y sus ojos negros se cerraron. Para siempre.

Su historia es sólo un ejemplo de cómo los grupos paramilitares afganos infringen las leyes reclutando a los menores de edad. Son cientos los niños, los que mueren por la guerra en el país asiático. Según la organización War Child, serían 250 mil, los combatientes menores de edad. Un ejército de pequeñas vidas que a menudo van en silencio, porque oficialmente no existen. “Ha llegado el momento para el gobierno haga coincidir lo que dice con lo que hace – declaró Patricia Gossman, portavoz de Human Rights Watch en The Guardian– se debe detener esta locura del reclutamiento de los niños.” Detrás de estos grupos armados están a menudo los países occidentales, que financian con dinero y armas la lucha contra los talibanes, pero no se molestan en controlar el cumplimiento de las normas y los derechos humanos. Kabul se apresuró en señalar que Wasil no era parte de la policía local, pero que de hecho existen los niños soldados y que son cada vez más numerosos.

En el otro lado de las barricadas, la situación es aún peor. Entre los combatientes talibanes se encontrarían decenas y decenas de menores, un número difícil de calcular porque no existen documentos oficiales para ser examinados. De acuerdo con un informe reciente de la Onu, sin embargo, de frente a un niño alistado a las fuerzas afganas estarían por lo menos 20 entre los extremistas islámicos y esto teniendo en cuenta solamente el año 2014.

Estos chicos son asesinados dos veces: la bala que los mata es sólo el último acto de su miserable existencia. Son los adultos, las personas de su confianza y que aman, los primeros en asesinarlos. Wasil murió el día en que su tío decidió por él y lo obligó a combatir, o cuando su país lo traicionó, honrandolo como un héroe sin proteger su identidad, colocandolo de está forma en bandeja de plata a los medios de comunicación y a sus asesinos. Es conveniente para todos pensar que el mal proviene sólo de una parte, pero la realidad es que la historia de este pequeño mártir es una bofetada a nuestras conciencias limpias. El cuerpo de Wasil descansa finalmente en el cementerio de Tirin Kot. ¿Cuántos niños más deberán morir antes de que el Occidente se de cuenta de ello?

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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