EL ÉXODO QUE EUROPA NO VE

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esodo yemen

Yemen se parece a América, visto desde el otro lado del Golfo de Adén. Son pocos los kilómetros del mar azul que separan a los migrantes de aquella que imaginan que sea su tierra prometida, a menudo un punto de partida para otros destinos más felices, como Arabia Saudita. Es con los barcos de fortuna que decenas de miles de personas oprimidas por la guerra, pobreza, hambre, violencia y muerte, deciden de partir a las costas de Yemen, sin equipaje para llevar, sólo su corazón lleno de sueños y esperanzas. Es otro éxodo, aquel que no pertenece a Europa, no pasa por Libia ni por los Balcanes. Es el éxodo de los invisibles.

Aquellos que parten no saben, sin embargo, que el Yemen es un país desgarrado por la guerra civil, un conflicto que no se originó en ese territorio, sino el reflejo de otra guerra sin sentido, aquella entre Irán y Arabia Saudita, entre chiíes y suníes. Una nación en la que, hace unos días, 10 niños murieron por una bomba Saudita, que los mató mientras regresaban de la escuela. Una tierra que se ha convertido en similar a aquellas de las que provienen los migrantes incautos, que pronto descubriran de que el “viaje de la esperanza” es en realidad una pesadilla interminable.

Son 100 mil los etíopes y somalíes que subieron el año pasado sobre los “barcos de la muerte”, partiendo desde los puertos de Obock (Djibouti) o Bosaso (Somalia). El número de migrantes ha aumentado paradójicamente todos los años, a pesar del número de muertes durante los cruces y los bombardeos saudíes. Son números que obligan a las Naciones Unidas en hacer algo, para detener esta ola de desesperación, que se observa en las costas de Yemen.

“Las personas que inician el viaje no saben lo que realmente está sucediendo en Yemen. Ellos no saben que, más allá de los peligros del viaje, está aquello que encontraran una vez en destinación”, hacen saber del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, la Organización de las Naciones Unidas que junto con los partner internacionales se ocupa de la asistencia a los migrantes, tanto en sus países de origen, como en aquellos de destino. Son palabras lanzadas al viento, ya que los hechos demuestran que, a pesar de todos los esfuerzos efectuados para disuadir a las partidas, las personas continúan a salir en los barcos. Y a morir. Una bofetada a la esperanza.

El cruce es breve – desde el punto de partida más cercano son sólo 20 km, de aquel más lejano a 350 km- pero para los migrantes, amontonados en las balsas o botes desmoronados, es el inicio de un verdadero calvario. Juntos todos como animales, no pueden beber, ni comer o encontrar refugio del sol o del viento. Los “afortunados” que logran llegan están agotados, desnutridos, deshidratados, en estado de shock. Las mujeres fueron probablemente violadas, privadas incluso de la última forma de dignidad a la cual aferrarse.

Después de aterrizados en Yemen, aquellos que logran obtener el estatuto de refugiado se encuentran atrapados en un País en llamas, sin la posibilidad de escapar o poder regresar. Para aquellos que deciden de seguir a Arabia Saudita, en cambio, comienza el viaje en el desierto, durante el cual los refugiados son de nuevo maltratados, robados, golpeados por los traficantes de seres humanos, a los que dan con confianza sus últimos ahorros sólo para tener la oportunidad de su vida, la posibilidad de una existencia digna de ser llamada como tal.

Otros, sin embargo, terminan su viaje mucho antes, en el mar. Papa Francisco, les ha dedicado un pensamiento durante la Jornada Mundial del Migrante: “no os dejéis robar la esperanza”, dijo Papa Francisco. Sus esperanzas, sin embargo, a menudo se ahogan en las profundidades del Golfo de Adén. Justo el tiempo suficiente para una última oración, y para encontrar finalmente la paz.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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