UN PREMIO DEL MÁS ALLÁ

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“Cincuenta años de historia, una familia sólida y apasionada como base y un management joven, capaz de la conducción de una empresa estable a los vértices del mercado. Esta es Enoplastic, creada por ‘hobby’ por  la pasión de Piero Macchi, para la mecánica y el buen vino y el crecimiento constante gracias a una gestión iluminada de los recursos y del patrimonio tecnológico de la empresa “. Se lee bien en el sitio web de la empresa, nacida en italia, Varesotta, y que ahora se ha convertido en un brand mundial, que produce tapas y sellos y cierres para el vino. ¿Está es una publicidad?, os preguntaréis. Sí. Merece ser difundido una noticia de los últimos días. Murió, a los 87 años, el empresario Piero Macchi, quien la ha fundado. Dejó un legado a los 280 empleados de la oficina madre y de las cuatro filiales (en España, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda), un millón y medio de euros, distribuidos en la nómina de acuerdo con un criterio basado en justicia: a cada uno según la ancianidad del servicio , el papel y la competencia. Los más jóvenes han recibido alrededor de 2 mil euros, los más ancianos y calificados más de 10 mil.

Como ha comentado su hija Giovanna al “Corriere della Sera”, Piero Macchi se dedicó a la caridad. “VareseNews”, sin embargo, elogió el estilo de empresas de Enoplastic, en la cual “trabajan enteras familias” y “se aplica un riguroso código de ética”, junto a “una estricta atención a la seguridad.” Se merece, sí, la publicidad. Porque es una bofetada a los que sostienen que para obtener ganancias se debe ser “flexible” con la legalidad, disminuir los derechos, gastar menos por las personas para mantener un alto nivel de confort y lujos personales.
En el paronama negro de la explotación del trabajo y de la humillación de los trabajadores, están otros casos extraordinarios de honestidad común y de una generosidad que es simplemente correcta. Pero sólo porque son, por desgracia, casos excepcionales, en lugar de comportamientos “normales”, merecen ser publicitados. El “Rey del cashmere” Brunello Cicinelli, de Umbría, en la Navidad del 2012 distribuyó entre los 800 empleados las ganancias de la sociedad en la lista de la bolsa, de aproximadamente 5 millones de euros, para “premiar y compartir con los empleados las alegrías del fruto de 34 años de trabajo y crecimiento empresarial”.

La definición de la participación de los trabajadores en las utilidades le concede a Luigi Einaudi, en sus Lecciones de la política social, a principios de los años 50: “un contrato en virtud del cual el empleador se compromete a distribuir, además del pago de los salarios normales entre los empleados de su compañía, una parte de las utilidades netas, sin participación a las pérdidas “. Se trata de la “coronación – escribió el jurista – de un estado preexistente de respeto mutuo y confianza.” Es un comportamiento de las empresas que caracteriza a los países civilizados: los trabajadores, es decir, los agentes más débiles del sistema economico, pero aquellos a  los que más se les atribuye  los meritos del éxito de una empresa, participan a las ganancias y no a las pérdidas. Cuando está lejano, hoy en día, esta forma de entender la acción económica y comercial. Y sin embargo, las investigaciones estadísticas parecerían “recompensar” los que adoptan este modo de relación.

La primera experiencia histórica que se registró se remonta al lejano 1795, en los Estados Unidos, en Pennsylvania Glass Works de Albert Gallatin, que será el Secretario del Tesoro durante la presidencia de Thomas Jefferson. En el siglo XX, sin embargo, se ha hecho cargo de la teoría walrasiana, para la cual el mercado sigue reglas estrictas y perfectas, basadas en el principio de causalidad y determinación. Sólo en el último siglo, sin embargo, ha estado marcada por el surgimiento de un paradigma cultural y, por lo tanto, económico teniendo en cuenta los equilibrios como resultado de variables numerosas y complejas e interdependientes. Sólo a partir de los años Noventa se ha practicado en Italia, en la contratación sindical, sucesivamente como premio a la productividad. En esta última forma, sin embargo, cambia naturaleza y se convierte, de un reconocimiento del valor del trabajo por el capital, en lugar de un instrumento de chantaje y de explotación.

El fundador de la asistencia social en la empresa fue Camillo Olivetti, a principios del siglo XX, seguido por su hijo Adriano. Estableció la compañía mutua. En 1932, creó la Fundación Domenico Burzio (llamada de está manera en honor al primer director técnico y estrecho colaborador del Padre Olivetti), para garantizar que al obrero “, una seguridad social más allá del límite de las  aseguraciones.” A los trabajadores se les otorgaba la vivienda, la asistencia social, médica y sanitaria, también el servicio gratuito de autobuses para llevarlos a Ivrea. El modelo, en definitiva, era de “una fábrica a escala humana” de responsabilidad social. Tecnología y welfare eran las “llaves” Olivetti para abrir la puerta hacia el éxito. Al hijo enseño: “Puede introducir nuevos métodos para mejorar la producción, pero una cosa no puede hacerla: despedir.”

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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