MISIONEROS POR CASUALIDAD, LLAMADOS POR MARÍA

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Cuando se escucha la palabra “misionero”, en la mente evocan imágenes sugestivas de África o América Latina, tierras lejanas que necesitan ayuda. Y sin embargo, en el Viejo Continente, no faltan las misiones de evangelización, como aquella organizada por la  Comunidad de Papa Juan XXIII, en Portugal, cerca del santuario de Fátima. Los voluntarios que realizan su servicio en está estructura no son sacerdotes o religiosos. Sí, porque además de aquellos que se convierten en misioneros para coronar un sueño o para satisfacer su deseo de justicia social al servicio de la Iglesia, también están presentes numerosas familias.

Fabrizio y Raffaella hasta el 2012 vivían en Liguria. Él era dueño de una cafetería, ella era enfermera. En 1997, encuentran la Comunidad; sus vidas cambian para siempre, porque con la ayuda de la Organización Juan XXIII, su hogar se convierte en una Casa Familia. Junto con sus cuatro hijos, comparten con los más pobres, en particular, con las víctimas de la trata, la vida cotidiana. Una mañana de septiembre, recibieron una llamada telefónica inesperada: “Nunca hemos tenido espíritu misionero ad gentes – comenta Fabrizio -, estábamos contentos de estar donde estábamos, pero cuando recibimos la llamada de la Comunidad para está misión, inmediatamente respondimos con un sí.”

El llamado a ser misioneros en Portugal lo han interpretado como una respuesta a una oración elevada al Cielo. Fabrizio acababa de regresar de una peregrinación en Medjugorie. “El día anterior estaba de rodillas ante la Virgen para pedir ayuda, y al día siguiente, me llama el responsable de zona con la propuesta de ir a Fátima.” La pareja lo tomó como una señal divina, porque ese día (el 2 de septiembre del 2012), en el mensaje que la Virgen daba a los videntes, se leía: “Os llamaréis porque os necesito. Aceptáis la misión y no teméis: os haré fuerte. Estaré con vosotros “.

Palabras que permanecerán en el corazón de Fabrizio y Raffaella. Deciden de partir junto con sus dos hijas adolescentes y un hijo que acababa de cumplir dieciocho años. El cuarto hijo, ya grande, decide quedarse en Italia. Portugal es un país de contrastes: “Se puede ver algunas hermosas villas y luego al lado, hay casas con cabras en el jardín – comenta Raffaella -. Muchas familias tienen problemas económicos; el salario promedio es de 400 euros y muchos chicos van a trabajar después de la escuela, para ayudar a su familia. Pareciera estar en otro mundo, pero es Europa”. Una bofetada a los que todavía creen que las tierras de misión estén lejanas de nuestra casa. Ha sido una nación que ha sufrido durante mucho tiempo la crisis económica, que ha afectado a la mayor parte del mundo, pero desde hace algún tiempo las cosas están mejorando.

El Wall Street Journal informa que Portugal es “un buen alumno entre los países de la eurozona, forzado a reformas duras por las instituciones internacionales”. De los últimos datos económicos, de hecho, se observa una disminución del desempleo, una alta tasa de crecimiento y buenas previsiones para el futuro. La presencia de una Casa Familia en esta parte de la Península Ibérica, es un testimonio simbólico, ya que la custodia es una práctica totalmente desconocida. Si no se tiene padres, o existen problemas en la familia, los niños son enviados a las instituciones. “El primer año pasó veloz: quien está impulsado por un deseo misionero parte lleno de sueños y de entusiasmo, nosotros simplemente nos integramos al contexto social.”

La Casa Familia también ha acogido a italianos: voluntarios, chicos, víctimas de la trata, discapacitados. Aunque si se encuentra a diez minutos de uno de los santuarios marianos más importantes del mundo, tiene semanas alternadas, Fabrizio viaja por 150 kilómetros. Su destino es Lisboa. Allí encuentra por las calles prostitutas, trans y chicas (a veces, menores de edad) obligadas a mercantilizar sus cuerpos. Su ayuda lleva consuelo en la vida de estas jóvenes. Poco a poco el compartir testimonios se está extendiendo alrededor: “El Obispo nos aprecia mucho e incluso los habitantes de la zona han iniciado a brindarnos un poco de ayuda: ensalada, patatas, alimentos de todo tipo … de una forma u otra para mostrarnos que aprecian lo que estamos testimoniando”.

Adaptación libre de “Siempre”

Traducción a cargo de Adriana Montiel

 

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