EL VERDADERO SIGNIFICADO DE LA EPIFANÍA

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“Los Reyes Magos fueron astutos: se dejaron guiar por la estrella. Todo el esplendor del palacio de Herodes no los engaño: “¡Aquí no está!”.Espero que vuestra vida esté siempre asociada con estas dos señales, que son un don de Dios: que no os falte la estrella y que nunca os falte la humildad para redescubrir a Jesús en los más pequeños, en los pobres, en los humildes, en aquellos que son desechados por la sociedad e incluso por su propia vida “. Mientras que la sociedad de consumo centra sus esfuerzos en sus propios gadgets, regalos y dulces de la Epifanía, Papa Francisco recuerda la esencia misma de la fiesta de la Epifanía, o sea el momento de la llegada de los Reyes Magos.

Con el tiempo fue cristianizada la fiesta de la Epifanía, reemplazada con la más popular una vieja bruja, fea pero buena, que trae dulces como regalo a los niños en lugar de los antiguos Reyes Magos. El término “Befana” haría lugar a la corrupción léxica de Epifanía (del griego, epifáneia que significa: manifestación) a través de bifanìa y befanìa. El origen de esta figura está probablemente relacionado con las tradiciones agrícolas paganas, relacionadas a su vez con el año transcurrido y al renacimiento del nuevo año, entre el final del año solar (solsticio de invierno) y el comienzo del año lunar. En los tiempos antiguos, de hecho, la duodécima noche después del solsticio de invierno, se celebra la muerte y el renacimiento de la naturaleza a través de la figura pagana de la Madre Naturaleza.

Los Romanos creían que en estas doce noches las figuras femeninas volaban sobre los campos apenas sembrados solo para propiciar las cosechas futuras. La Iglesia condenó con extremo rigor tales creencias, definiendolas al resultado de las influencias satánicas. Éstas superposiciones dieron lugar a muchas personificaciones superpuestas que se dieron a conocer en la Edad Media de nuestra Befana, cuyo aspecto, aunque si es benevolente, está claramente relacionado con la personificación de una bruja. Sin embargo, es el advenimiento de la era moderna en dar el impulso necesario para el desarrollo de la costumbre de la “media que cuelga sobre la chimenea” gracias al trabajo de los muchas industrias de dulces y de los juguetes interesados en hacer dinero de manera fácil. Una bofetada al cristianismo, de hecho.

La Epifanía es en cambio la fiesta cristiana celebrada doce días después de la Navidad, es decir, el 6 de enero para las iglesias occidentales y para aquellas orientales que siguen el calendario gregoriano, y el 19 de enero para las iglesias orientales que siguen el calendario juliano. En las Iglesias católicas y Anglicanas es una de la más importante solemnidades celebradas, junto con la Pascua, la Navidad, el Pentecostés y la Ascensión, y por lo tanto, establecida como una fiesta de obligación; en los países en los que no es un día festivo se traslada al domingo entre el 2 y el 8 de enero.

Es una fiesta de “movimiento”, que nos hace comprender cómo Cristo se dirige hacia el mundo y el mundo hacia él. Lo hace a través de los símbolos: los Reyes Magos, hombres de corazones inquietos impulsados por la búsqueda de Dios, la mayor realidad; Herodes, un hombre de poder que en el niño ve a un rival con el cual luchar; la Estrella, una de las “señales” de Dios que podría incluso ser definida como Su “firma” en la creación.

En conclusión, es fácil constatar, como la Navidad y la Epifanía, fiestas cristianas por excelencia, son atacadas en muchas formas por un consumo de masas sin escrúpulos, motivado por el lucro a toda costa, asi como también por un intento disimulado de alejar y eliminar la imagen de Cristo de los corazones y de la memoria de la población del mundo. Como un cáncer carcomiendo por dentro, los días de fiesta se transforman cada año en la “santificación” del capitalismo, de los gastos innecesarios, en la prisa por comprar incluso en tiempos de crisis como estos, dejando un vacío y una pobreza espiritual que ninguna decoración, cena, media con dulces o regalo nunca pueden llenar.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

 

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