PERIODISTAS EN EL PUNTO DE MIRA

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giornalisti minacciati

Hay dos maneras para matar a una persona: uno es la eliminación física, otro es el aislamiento. Giovanni Falcone lo repetía siempre. Con él, los utilizaron ambos. Dos armas mortales, hacia los magistrados que hacen su deber de averiguación de la verdad, y también hacia los periodistas que hacen totalmente su deber- derecho de crónica y de denuncia informativa de hechos verdaderos. El aislamiento, la diffamación, la deslegitimación social, es la más frecuente. Cuando no está suficiente, se recurre a la violencia.

Cuando me desperté vivo por milagro en hospital, aquel 16 de abril de 2014, he pensado en ti que, aunque mi conciencia me hubiera consejato volver a ejercer la abogacía, cediendo así al desentendimiento, no habría tenido nada que reprocharle”, cuenta Paolo Borrometi. Periodista del Agencia periodística Italia (Agi) y director de la cabecera online “La spia”, ha recibido numerósos reconocimientos para su compromiso cívico. Ha realizado importantes investigaciones periodísticas sobre actividades criminales de la mafia siciliana y de la ‘ndrangheta calabrés. Una de estas ha conducido a la dimisión del Municipio de Scicli, en provincia de Ragusa, por infiltraciones mafiosas. Es la ciudad del Comisario Montalbano, contada por Andrea Camilleri. Las violencias, sin embargo, no son literatura. Aquel día de primavera de 2014, Borrometi ha sufrido una paliza, para haber hablado de los turbios asuntos del mercado de venta de droga y  chantaje de la comisión. Verdaderos, documentados, no ficción narrativa. De una pandilla real, capitaneada por basureros, con la complicidad de políticos y administradores locales. Un negocio concreto y remunerativo, de droga, sigarillos, gas. No obstante, le hicen pasar por loco, por visionario, hasta que la magistratura no ha averiguado y perseguido los responsables. Junto a siete colegas, de Norte a Sur (Federica Angeli, Giuseppe Baldessarro, Arnaldo Capezzuto, Ester Castano, Marilù Mastrogiovanni, David Oddone, Roberta Polese), Borrometi ha contribuido al volumen de varias cabeceras, “Yo no me callo” (ediciones CentoAutori, 15 euros).

Recuerda los treinta segundos que cambiaron su vida. Desde aquel día vive con escolta y con un hombro inválido al 30 por ciento. “Detrás de mí, se materializaron dos hombres. Dos figuras vestidas de negro, con la cara disfrazada”. Le golpearon hasta sangrar. “Ora u capisti? T’affari i c…i tuoi. U capisti?”. “Comprendiste? Tienes que meterte en tus proprios asuntos. Comprendiste? ”. Esto es, el periodista debería ocuparse de su propios asuntos, para evitar retorsiones, “castigos”. En cambio, no. Su deber es justo ocuparse de los asuntos de todos. Una faena dificil, la del “mediador” de verdad. Y peligroso. Mucho.

De acuerdo con los datos de “Reportero sin fronteras”, en 2015 han sido matados 110 periodistas. Casi dos tercios, en Países “en paz”, simplemente para haber hecho con honestidad y competencia su propio deber. En la cárcel, por la misma razón, están 154, han sido secuestrado 54. Unos están tomados como rehenes en Siria, Yemen, Iraq, Libia. En Países en guerra. Sin embargo, hay una guerra silenciosa también en nuestros Estados llamados civiles. Los protagonistas son criminales comunes o bien organizados y políticos corruptos. Desde otra parte de la barricada, allí adonde vive la ley, hay cronistas, con su lápiz y ordenador.

De acuerdo con el Observatorio de la Federación nacional de la prensa italiana, en 2015, en el Bel País, 521 entre reporteros, reporteros gráficos, blogueros y operadores de vídeo, han sufrido amenazas e intimidaciones para haber publicado noticias fundadas sobre hechos averiguados. Tan solo en el mes de diciembre, Alessia Candito, reportera del “Corriere della Calabria”, y Michele Inserra, jefe de redacción de “Quotidiano della Calabria”, han sido amenazados de muerte y viven protegidos por las fuerzas policiales.

La criminalidad abusadora y violenta no está solamente en el Sur. En cambio, la ‘ndrangheta está arraigada sobretodo en el Norte, en Milano, la “ciudad de beber”, come declamaba una publicidad hace algún tiempo. De beber despacio, para alguien, como un veneno, que mata al tejido sano de la sociedad. Entre los instrumentos de intimidaciòn, lo más difundido es la querella. Junto al arma “blanca” de la calumnia, del descrédito social. Se piden millones de resarcimiento para que el periodista retire lo dicho. O le se hace pasar por loco, con los amigos y hacia la opinión pública. Una bofetada a la libertad de información protegida por la Constitución. Si no están suficientes los lívidos morales, se pasa a los físicos. Como ocurrido a Paolo Borrometi. Él también siempre se mueve junto a los “ángeles” custodios, sus “chicos”, sus “amigos”, dos militares de paisano que nunca le dejan, de los cuales sin embargo preferiría “prescindir”.

Patadas y puñetazos y amenazas de muerte no matan a la pasión por la verdad  de quien sólo hace su propio trabajo, informarse e informar. En Paolo Borrometi como en muchos otros sus colegas valientes, héroes del cotidiano, que piensan que “un sueño es dificil de destrozar”. Y siguen soñando. Sueñan con levantarse, por la mañana, mirarse en el espejo y decir: “Sí, valió la pena”.

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