ERITREA 2015, BIENVENIDOS AL INFIERNO

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Tiene la mirada perdida Amaniel, esa mirada perdida en la nada, que un niño de 12 años no debería de tener nunca. Lo que más duele es el silencio, cargado de lágrimas y de palabras, que mueren en nuestra garganta. Me estaba comentando su viaje, con dificultad, la voz baja, recordando el país que dejó atrás para siempre, de su madre que ni siquiera pudo decirle adiós, para no hacerle entender que se iba.

Los niños huyen de Eritrea, sin decírselo a sus padres, de hecho desobedeciendo sus recomendaciones. Huyen de la peor dictadura en el mundo..

Las 484 páginas del Informe de la Comisión de Investigación de la ONU, sobre los derechos humanos en Eritrea del pasado mes de junio, afirma que el gobierno de Asmara habría cometido “crímenes contra la humanidad contra su población”. De está manera los niños huyen a los 10 o 12 años, siguiendo los chicos más grandes, casi como un juego. Escapan para evitar convertirse en  militares de por vida (el servicio militar comienza a los 16 años y termina después de los 55 años de edad cumplidos), para de está  forma no sufrir de los castigos corporales en el salón de clases, para poder perseguir de esta forma el sueño de la libertad. Cuando cambian de idea es demasiado tarde. Sólo queda el llanto. Los padres llegan a saberlo después de días, con una llamada telefónica de otro país. La familia se ve obligada a pedir prestado para enviarles dinero para continuar el viaje. A Eritrea no pueden regresar, serían perseguidos y asesinados.

Eritrea es el país del cual provienen la mayor parte de los aproximados 123.000 inmigrantes (13.000 menores) desembarcados en las costas italianas, entre junio y septiembre, y en Eritrea, un niño de 8 escapa. Amaniel es uno de ellos. El viaje hasta Europa duró más de un año. El primer obstáculo es la frontera con Etiopía. “Los militares te persiguen y disparan a sangre fría. Si no eres lo suficientemente rápido, mueres”. En Etiopía, unos meses en un campo de refugiados, la vida suspendida hasta que los padres logran enviar los 500 dólares para cruzar la frontera con Sudán. Cada etapa es una repetición de llamadas telefónicas a la casa para recuperar el dinero. Los arrepentimientos son inútiles: “De todas formas no cambiaba nada, y después de que mi familia se endeuda de por vida para pagarme mi viaje, sin duda alguna no puedo regresar.” Las ayudas llegan, los padres llaman a los familiares de la diáspora europea.

Después de Sudán está la Libia . “¿Que sucede en Libia Amaniel?”. Entonces se presenta de repente, esa mirada, ese silencio más elocuente que mil palabras. El tiempo que pasa, tengo de frente a este niño con la mirada perdida en el vacio, y casi puedo oír los latidos de su sufrimiento y de mi corazón. Me levanto, lo abrazo. “Muskila”, me dice.
Muskila, en árabe significa problema. Muskila es la palabra que en estos días he escuchado una y otra vez, y siempre esta asociada con Libia. Quiere decir personas, niños, hacinados unos sobre otros durante meses, sentados todo el día, en silencio, en las salas oscuras muy estrechas. Si otras bandas hubieran intuido que había en ellas mercancía humana la habrían robado. Aquellos que se rebelaban recibían azotes, golpes o torturas. Quienes escapaban eran torturados, violados, utilizaban con ellos descargas eléctricas, lo mejor que ocurría era que te mataran en la calle.
Lo cuentan y confirman, varias veces,los chicos en el puerto de Reggio Calabria, apenas bajados del barco, recogidos en el mar, mostrando los signos de electrodo caliente. Una bofetada a la dignidad humana.

Ninguno de ellos quiere quedarse en Italia: la fuga continúa hacia el norte de Europa. Las redes del pasa palabra dicen que más hacia norte de Suecia, Suiza, Inglaterra – es posible reconstruir sus vidas, recibir una casa y contribuciones como refugiados políticos. Aquí no hay futuro. Amaniel dice que va a partir de nuevo.

Mientras tanto, en su nuevo hogar, la casa para menores extranjeros no acompañados de la Comunidad Papa Juan XXIII en Reggio Calabria, se reunió Abel, Eritreo de la misma edad, y ambos son un huracán, siempre en movimiento. Es como si para reaccionar a los meses de inmovilidad que sufrieron tengan la necesidad de estirar las piernas. En ocuparse de ellos Bruna, una “madre” joven de 28 años, responsable de la estructura.

Amaniel y Abed, seguramente van a intentaran escapar, tienen los números de teléfono en el bolsillo y el sueño de ser capaz de ganar mucho para poder ayudar a la familia. Bruna y los otros voluntarios lo saben … pero también saben lo importante que es la estabilidad, esa normalidad que nunca tuvieron. Así que los han matriculado en la escuela, los hacen hacer deportes y teatro. Amaniel dice que un día le gustaría tener un cumpleaños “Sí, pero ¿cuando naciste?”. “En la tercera ofensiva contra Etiopía.” “Muy bien, entonces, estas de acuerdo si fijamos como tu cumpleaños el primero de enero?” “¡No! El tercer ataque fue en el verano … ”

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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