SLUM, EL VERTEDERO DE LA HUMANIDAD

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Korogocho, en dialecto kikuyo significa confusión. Es uno de los 200 slum de Nairobi, a unos 10 km del centro de la ciudad. A 10 km de los palacios, rascacielos, bancos, desde el Keniatta Conference Center, desde las tiendas y cafés occidentales custodiados por guardias armados. Los 10 km de espacio vacío, parques verdes o la tierra roja de África, es el abismo que separa las cuidades verticales de los ricos de los hormigueros horizontales de chozas de los pobres. Para el Estado Korogocho no existe, ni siquiera se indica en los mapas, como el resto de los barrios marginales. Los residentes de Nairobi – la “ciudad verde de los safaris” son 4 millones y medio, de los cuales alrededor del 60% viven en los slum, ocupando menos del 10% del territorio urbano. Un 60% de invisibles.

La zona de Korogocho es confinada en un lado del río que da el nombre a la capital de Kenia, por otra parte el vertedero de Mukuru, donde llega todos los días la basura de la ciudad. Bandas criminales locales gestionan el tráfico y el reciclaje de los residuos. Existen luchas violentas para acapararlas.

Es imposible no notar el vertedero. Desolación y alcantarillado, y un grupo de niños que comen con avidez extraños espaguetis verdosos. Aquí una familia de cuatro personas vive con 6100 Chelines al mes, menos de 70 euros. No existen estadísticas oficiales – no  se realizan censos de los no existentes -, pero las estimaciones de las ONG que trabajan sobre el territorio afirman que en los slum el VIH afecta entre el 50% y el 70% de la población. El abuso de alcohol es una evidencia que llama la atención, sin la necesidad de datos, así como el consumo de drogas. Es normal encontrar hombres saturados de changaa, destilado autoproducto de caña o maíz, o de niños de la calle atacados a sus botellas de pegamento para zapatos.

La parroquia comboniana de St John’s y la misma escuela primaria son un punto de referencia. En las paredes los niños de la calle han dibujado el mapa del slum. Realidad, fantasía, colores y letras que se confunden con innumerables cuentos maldecidos difíciles de digerir.

Está  el caso de Sofía, que tiene 12 años, pocos cabellos y los dientes cariados, perdió los padres por el Sida, la abuela está enferma y tiene dificultades para cuidarla a ella y a sus cuatro hermanos. El más pequeño tiene un poco más del año, trato de agarrarlo con sus brazos pero es una blanca, muzungu, y él me mira desconfiado y asustado. Una historia como muchas otras.

En los slum, con algunas excepciones, no existe la propiedad privada de la tierra, que pertenece al Estado. Los habitantes tienen un permiso de ocupación temporal de suelo, revocable en cualquier momento. No existen servicios públicos y  la electricidad es un privilegio para unos pocos. La mayoría de los habitantes de tugurios provienen de las zonas rurales. La falta de inversión del gobierno acerca de la agricultura, la fragmentación de la tierra al interno de las familias por herencia y su concentración en manos de las multinacionales impulsa a la gente hacia  los centros urbanos. Luego están los refugiados y las personas desplazadas de algunas de las muchas guerras africanas. El barrio es el resultado de la falta total de las políticas de vivienda popular: un crecimiento urbano sin una ciudad que le está bien a los que gobiernan, porque el sistema de concesiones temporales ha creado clientelismo y corrupción, a favor de los políticos y funcionarios que pueden contar con el business de las rentas y sobre la gran facilidad de la explotación de los pobres como distritos electorales.

Kibera sostiene en Soweto, en Sudáfrica, la primacía de los barrios marginales más grandes del Continente africano. Es un no-lugar aparte, una ciudad en la ciudad con una densidad de población absurda – pareciera ser de 3.000 personas por hectárea. La ferrovía corta el slum de este a oeste, los rieles están asociadas a las barracas. Se trata de una masa de metal, la visión de un monstruo ecológico de techos rojos de óxido, sin solución de continuidad, milagrosamente sostenidos por pilares de madera. El aire es irrespirable, el hedor provoca vomito. Impregna las ventanas de la nariz, de la garganta. El calor de África expande estas sensaciones de manera improbable. Caminamos sobre el excremento líquido escombros, barro y ratas muertas, y lo único que puedo pensar es en la necesidad espasmódica de una ducha para quitarme toda esta suciedad de encima.

En Kibera han realizado una película que me encanta, “The Constant Gardner”, un acto de acusación contra las multinacionales farmacéuticas y las políticas inhumanas que promueven en el continente africano. Me llega a la mente la broma de uno de sus protagonistas, “¿Usted cree que son los gobiernos en controlar el mundo? Ahora se canta Dios salve a las multinacionales, ¿sabes? ”

Soweto es otro barrio pobre, en las afueras de Nairobi. Aquí desde hace casi 20 años está la presencia de la Comunidad Papa Juan XXIII. Los misioneros llevan adelante el “Proyecto Rainbow”, un modelo de intervención de varios niveles para ayudar a los niños huérfanos a causa del SIDA. Para llegar a Soweto, se camina. En los barrios pobres, como en cada infraestructura, también el transporte público no llega. Ningún matatu (autobús colectivo) no entra. Las palabras no son suficientes para explicar Soweto, la vida del lugar. Existen fotos, historias, rostros.

Como aquellas de las decenas de niños de la calle, con las enfermedades inevitables de la piel (luego está la malaria, la fiebre tifoidea, la diarrea) cuyo destino probable será el de terminar con la inhalación de pegamento o – para las niñas – para ir a ejercer la prostitución en la ciudad para mantener a sus hijos ,. Gritando riendo “muzungu, muzungu howareyou?” Y  les saltan encima, tiran los vestidos y me río con ellos respondiendo “muafrica muafrica I’m ok” y quieren que les fotógrafien, y después de un tiempo “Tienen que inventar luego que la cámara fotografica esta rota. Cuando cae la noche se abren las puertas, no se puede salir, es demasiado peligroso, por las calles los borrachos roban y violan. Y sin embargo, Soweto en la oscuridad tiene un encanto seductor, llamas, zumbido tenue, la luna y las sombras. Como un pueblo fantasma de los cuentos de hadas.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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