Las bombas y el futuro robado

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d'angelo

En la década de los 80, se registraron numerosos ataques de secuencia. Muchos eran reales y propias ejecuciones, otras eran masacres. Las primeras fueron acusadas a las Brigadas Rojas, la segundas a los terroristas de la extrema derecha. Los miembros de la brigada eran casi todos jóvenes, de unos treinta años, con ideólogos entre académicos a la vanguardia.

Protestaban contra una política corrupta a la que acreditaban una sumisión a los Estados Unidos que hizo nuestro País en un pequeño satélite al servicio de una gran Potencia, definida como imperialista.

Hubo un momento en que las Brigadas Rojas parecian invencibles. Se las arreglaron para completar cuatro secuestros de personas simultáneamente. Dejaron sus propias vidas y sus propios sueños ensangrados en el camino político, magistrados, miembros de la Fuerza de Orden, periodistas, sindicalistas … En resumen, casi todos los representantes de los diversos componentes sociales.

“Trabajar menos, trabajar mejor, trabajar para todos” uno de sus lemas más acertado. Pero los ciudadanos no lo entendieron. Aquellas muertes de personas inocentes, seleccionados al azar, con aquello que las Br llamaban a la “investigación” que duraba quince días, después del primer momento de consternación crearon por parte de los ciudadanos, un vínculo extraordinariamente fuerte entre los mismos policías, oficiales y “la gente”. Fueron los mismos sindicalistas en denunciar a aquellos que no siguen las leyes del comunismo obrero.

Por otra parte las masacres, las bombas, colocadas por infames, aún sin nombres de los autores; y una larga lista de inocentes asesinados en las plazas o estaciones. Lugares destinados al diálogo, al trabajo, a los afectos más queridos. Años difíciles que hemos superado de todas formas.

Hoy en día muchos de esos chicos que protestaban con las armas tienen arrugas en el rostro y el corazón roto y se preguntan el por qué de tanta violencia innecesaria. El viejo terrorismo ha dejado algunos mensajes positivos …

El nuevo terrorismo es lo que vemos todos los días, a todas horas en la televisión, en los periódicos, en los carteles. Se consume a miles de kilómetros de distancia, pero viene con la fuerza de una explosión en las casas, sobre todo cuando las familias se reúnen para cenar y quieren intercambiar algunas palabras.

Los rostros cubiertos por bandas negras, otros pobres desgraciados de rodillas, listos como corderos para ser sacrificados; y luego las bombas y las muertes de otros inocentes, desesperados y desafortunados porque nacieron en el lugar equivocado.

¿Encontraremos una solución a esta tragedia que se consume directamente ante nuestros ojos? ¿Podrán nuestros hijos llevar adelante estos recuerdos en sus almas, sin ser heridos, como lo ha sido nuestra generación, para siempre? Como católico, lo espero, lo espero y rezo por ello. Rezo para que mis hijos no pierdan su sonrisa, su alegría de vivir, de sonreír, de hacer, de crear. Ningún terrorista debe robar el futuro de nuestros hijos.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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