El precio de la seguridad

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Como todas las cosas  hechas a la carrera, en “emergencia”, se ve el resultado inmediatamente sin controlar lo que hay detrás. Sucediá con los contratos, que sucedieron después de los desastres y que la magistratura italiana (y no sólo) ha demostrado que han existido especulaciones indescriptibles, sucedió con la sanidad, con millones de euros gastados para comprar vacunas destinadas a luchar contra improbables pandemias, que parecían estar a la vuelta de la esquina (¿recuerdan la gripe aviar?). Ahora es el momento de la alarma terrorismo, como penetra como un virus en lo más profundo de nuestras almas: porque nos hace sentir inseguros, no sólo para nosotros, sino también a nuestros hijos, a cualquier hora del día, en cualquier lugar que nos encontremos.

Y sin embargo, la exigencia de renunciar a una parte de nuestra privacy para aumentar la seguridad es un arma de doble filo. ¿Estamos realmente dispuestos a dar el golpe final? Ya somos victímas constantes de un seguimiento de nuestros movimientos en los cajeros automáticos, tarjetas de crédito, telepass, tarjeta médica, conexiones de Internet geo localizadas y conectadas con las diversas redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, etc.), navegatores satélitares. Nuestros datos son continuamente entrecruzados con el registro del vehículo, oficina de impuestos, bancos, oficinas de correos postales. Por no hablar de las diversas cámaras colocadas por las calles, frente a objetivos sensibles institucionales y tiendas simples, en los supermercados como en las joyerías.

Hablar de confidencialidad en un contexto como este, es como mínimo utópico. El pensar que se necesita un giro más de vidas, con la ciencia ficción de vídeo-grabadoras capaces de escanear en tiempo real el rostro de las personas, conectalos con las bases de datos existentes, definir incluso los movimientos y de los mismos identificar los sujetos, tal vez es “demasiado. No sólo por el hecho como tal, sino porque una vez cruzado un cierto umbral, todo se convierte en legítimo en el nombre de la emergencia y de la seguridad. Pasar de una democracia a un estado policial es un segundo.

Y puesto que la humanidad ha tomado siglos para alcanzar el grado de libertad que tenemos hoy – que como bien sabemos que no es mundial, ausente donde existe un régimen o también donde en mandar es el mero lucro – dar un paso atrás significaría cambiar el propio Adn de la sociedad civil.

En cambio, deberíamos hacernos otras preguntas. ¿No sería mejor invertir más en la intelligence, metiendo en un sistema todo lo que ya existe, dejando atrás los parámetros de la convivencia civil, donde ahora se encuentran intensificando só lo el aspecto de la relación entre las distintas fuerzas policiales y los equipos “normales”? Todaví ahoy en día – afortunadamente mucho menos que en el pasado – las distintas fuerzas policiales italianas fatigan al hablarse mientras que hacen las investigaciones, lo que hace más difícil con los países extranjeros. Sobre esto se puede trabajar, dando a la policía mejores herramientas, sin tener que pedir permiso para obtener la aprobación para salir de su propia casa o poder movilizarse sólo en determinados momentos. Tampoco es correcto no tener la certeza de permanecer un poco solos con sí mismos sin ser identificados necesariamente por algunos drone.

En Minority Report, película de Spielberg, en el 2054, la ciudad de Washington ha cancelado los asesinatos que ocurrieron durante los últimos seis años, gracias a un sistema llamado Precrimine (que resulterá ser engañoso y será desmantelado). Basado en las premoniciones de tres individuos con poderes extrasensoriales de precognición amplificados, conocidos como Precog, la policía logra prevenir los asesinatos antes de que sucedan y el arrestar al “culpable”; esto con la ayuda del escaneo ocular extendido a lo largo de la ciudad que identifica a cada ser humano.

Faltan sólo 39 años para el 2054: ¿estamos seguros de querernos encaminar en esa dirección? La paz se conquista con la cultura, cambiando las condiciones de vida en los países que hasta hoy han sido abandonados a su suerte, con el reequilibrio de la distribución de alimentos en el mundo, no explotando en un modo obsesivo los recursos de los demás. Si no cambiamos todo esto, no habrá más objetivos precisos para fotografiar la evolución del hombre.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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