Las raíces del mal

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Con la masacre de Charlie Hebdo, han intentado acabar con la libertad de expresión. Con aquella de Bataclan y de los otros lugares de agresión parisinos, donde atacaron a la libertad de regocijarse, de ser joven, a la libertad de vivir. Pero no estalló la guerra, por el simple hecho de que en guerra estamos ya desde hace 14 años: desde aquel trágico 11 de septiembre, en el que cayeron las Torres Gemelas en el ataque en Nueva York, cuando comenzó el terrorismo islámico, que afectó en masa a los civiles indefensos occidentales, en sus hogares.

Algunos siguen fingiendo de no saber, pero los resultados son los siguientes: desde el 2001 a hoy las víctimas del terrorismo se han cuadruplicado. A pesar de los ríos de dinero invertidos en las llamadas “misiones de paz” en los teatros de guerra, a pesar de las miles de vidas acabadas entre soldados y civiles, incluso árabes. Y ahora, nos engañamos a nosotros mismos con el bombardeo de Raqqa o cualquier otro puesto de avanzada del Califato que pudiera cambiar las cosas. Tal vez con los drones habituales “ojos- de-lince”, que ven peor que Mr. Magoo y que terminan arrasando con pueblos enteros repletos de mujeres y niños. En resumen, al igual que los terroristas.

Si después de 14 años de esta política, nos encontramos con que en las capitales de Europa ya no se puede ir con seguridad al teatro, al estadio y quién sabe a cuántos otros lugares, algún error estratégico hemos realizado. Comenzando por la política exterior, donde no hemos sido capaces de eliminar las elecciones aceleradas del bloque occidental, inspirados por la teoría diabólica del mal menor. Que sigue siendo el mal. Hemos soportado tiranos sanguinarios como Assad en Siria, golpistas como Al Sisi en Egipto, ante que ellos Gheddafi  y Saddam Hussein, y luego los gobiernos títeres creados por nosotros mismos en la mesa, en Irak y Afganistán. Sólo para dar a aquella población un buen ejemplo de nuestro concepto de democracia. ¿Qué estamos haciendo todavía en Afganistán con las tropas de ocupación después de 14 años de guerrilla inútil?

Un traficante de armas reveló en Report, en Rai Tre, que “el Isis es una criatura del Occidente, armada contra Irán, que después se escapo de las manos.” Según la misma fuente también Italia – ¡sin su conocimiento! – habría armado directamente a los milicianos del Isis, en febrero, cuando  nuestros servicios han entrenado en Yemen un centenar de combatientes árabes para utilizarlos contra los terroristas en Siria. Pero terminado el entrenamiento, en 36 horas todos se inscribieron en el califato.

¿Y se puede afirmar que Italia está luchando contra el terrorismo si después ayuda a los países que forrajean a los terroristas y mantiene relaciones afectivas con los Emiratos que financian directamente a el Isis? ¿Es posible que todavía vendamos armas y maravillas de nuestra industria belica a todas las bandas armadas del mundo, ¿esperando que vengan a probarlas con nosotros?

Luego están los grandes errores de comunicación, política y del periodismo. Insultar, criminalizar y rechazar a todos los refugiados puede también traer votos, pero equiparar todos los migrantes a los terroristas es la mejor manera de acabar con ellos, y hacerlos conducir tarde o temprano al kalashnikov o cinturón de explosivos. Empujarlos en los guetos conlleva a esto. Lo vimos en las periferias de París, pero todavía no lo queremos entender. Títulos como aquel de Libero, “Bastardos islámicos”, no sólo provocan dolor de barriga (cosas de inhabilitación del colegio de periodistas), sino que empujan a seguir al Isis también a los musulmanes más moderados.

Luego está la política de seguridad, con el Jubileo por comenzar y la amenaza de las armas químicas. Seguridad deberían garantizar las fuerzas del orden y de inteligencia, las cuales en los últimos años, no han hecho otra cosa que cortar fondos, orgánicos y medios. Los sindicatos de policias denuncian coches con fallas, armas viejas y ahora la falta de miles de chalecos antibalas. De esto ha recortado la spending review, incapaces de afectar sobre los grandes privilegios de la casta. Por no hablar de las muchas estaciones de policía morosas, decenas en toda Italia, que no pueden pagar ni siquiera los alquileres del mes. Pobres investigadores, cada vez más obstaculizados en su trabajo diario, incluso por las últimas leyes que hacen aún más difíciles los arrestos y las intercepciones telefónicas. Leyes adaptadas para proporcionar otra seguridad, aquella de los amigos.

Tiene razón el Presidente Mattarella cuando dice que la cultura es un arma para luchar contra el terrorismo. Necesitamos una revolución cultural para hacer entender la diferencia entre el bien y el mal: en el mundo árabe, pero también en el nuestro.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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