La sustancia y la apariencia

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ius soli

Algunos detalles, pero significativos. Se necesita empezar a partir de las pequeñas cosas para ser capaz de descifrar los grandes temas que estamos invirtiendo como en un tornado, y contra los que todavía no disponemos de las herramientas necesarias. O mejor aún, todavía estamos tratando de entender qué hacer exactamente. Y no sólo en Roma o en París, sino en la mayor parte del viejo continente. De hecho, la masacre que tuvo lugar en la capital francesa, ha abierto un nuevo capítulo en el libro dedicado a las relaciones internacionales. ¿Cuenta la unión o el compartir? ¿Es necesario interactuar o actuar? Iniciamos con los detalles.

Al final del discurso del Presidente de la República Francés, François Hollande, de frente a las camaras reunidas, los miembros del Parlamento se pusieron de pie y con verdadera emoción cantaron el himno nacional, la Marsellesa. Un homenaje al orgullo francés, más conocido como nacionalismo, o ¿un llamado a la unidad del país? ¿Más De Gaulle o Mitterrand? Lo más probable es  el segundo escenario, en lugar del primero. En Roma, poco después, los diputados de todos los partidos, se reunieron en la plaza Montecitorio. Con la presencia de la Presidente, Laura Boldrini, y de la Embajadora frances en Italia,  Catherine Colonna, los representantes y empleados de la Cámara, escucharon los himnos italianos y franceses ejecutados por la Banda Interforze, como signo de cercanía y participación al dolor del pueblo francés. Además de los diputados también muchos ciudadanos romanos y de la comunidad francesa que asistieron al evento.

Dos formas, dos estilos, dos idiomas comunicativos diametralmente opuestas entre sí. Francia, con el acto del Parlamento, ha querido resaltar de estar orgullosa y unida. Italia, con la manifestación en la plaza, se confía una vez más a la coreografía, a la presencia en el escenario, colocando en segundo lugar la sustancia. Como lo ha hecho en los últimos años, a excepción de que en el período del terrorismo, cuando el miedo dictaba la linea política a los gobiernos de Salvación Nacional. Y sin embargo, dada la singularidad del momento, debería ser todo lo contrario. La confrontación política, al límite del contacto físico, entre el líder del Carroccio, Matteo Salvini, y el Ministro del Interior, Angelino Alfano, es la demostración plástica de como la política de casa nostra, sigue observando cosas sin importancia.

Donde está un país real que observa y escucha, siendo incluso incapaz  de elegir si tener miedo o confianza. Después de todo, la lógica que siempre ha distinguido a los italianos es que a nosotros ciertas cosas no nos pueden tocar. Como si tuviéramos algún tipo de salvoconducto de la historia. En el pasado, tal vez fue así. Pero los tiempos cambian y con ellos los escenarios internacionales, que hoy ofrecen imagines de referencia activos y de difícil lectura. Francia, paradójicamente, paga el precio de una integración que nunca llegó hasta el capítulo final, deteniendose en las puertas de las casas en ruinas de los suburbios, las cuales, generaron a los terroristas y bombarderos de París.

Una paradoja antigua y moderna que se acerca mucho a la némesis histórica, excepto por un detalle. Quién armó la mano de los asesinos, lo hizo gracias al chantaje económico, más que al Corán. Y hoy en día, Francia afirma de estar en guerra. Un poco incluso con ella misma, admitiendo de haber errado en algo. Y por esta razón debe ganar la batalla contra el mal. De nosotros no. Nosotros estamos todavía buscando el código para descifrar el fenómeno, hasta ayer considerado únicamente electoral, pero que se ha convertido en social y militar después de los acontecimientos de París. Por esta razón, tal vez, los franceses cantan la Marsellesa en el Aula del Parlamento, mientras que en Italia vamos a las plazas. En los programas de entrevistas de televisión, como lo hicieron algunos Ministros transmitidos durante dos días, de un canal al otro. La sustancia es la apariencia.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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