TODA LA VERDAD SOBRE EL CELIBATO DE LOS SACERDOTES

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El debate sobre el tema de la sexualidad en el clero está abierto desde hace siglos. Regreso a la actualidad después de las palabras del Papa Francisco, que respondiendo a una pregunta hecha en el avión durante uno de sus viajes, dijo: “El celibato no es un dogma de fe, es una regla de vida, que yo aprecio mucho y que creo que sea un don para la Iglesia. Visto que no es un dogma de fe, existe siempre una puerta abierta”.

Está “apertura” ha provocado comentarios por todo el mundo, y ha provocado a su vez un debate entre la gente. Sin embargo, Benedicto XVI ya había dedicado un Sínodo sobre este tema, abriendo de hecho una reforma de la disciplina del celibato. Se difunden por los medios de comunicación, ríos de palabras sobre la castidad, de la abstinencia y del celibato, términos usados a menudo de forma equivalente, como sinónimos. Todo esto crea una enorme confusión, lo que lleva después a la pregunta final, acerca del por qué los sacerdotes no pueden casarse, porque en los Textos Sagrados no se hace referencia explícita a este particular.

Vale la pena, entonces, hacer un pequeño viaje en la historia, para entender cómo han sucedido las cosas, y el por qué.

En la Iglesia antigua, los ministros de Dios fueron elegidos tanto por las personas solteras como por aquellas casadas. Si queremos llegar hasta los orígenes, San Pedro estaba casado, San Juan era soltero, como San Pablo. Tenían cónyuges los padres de la Iglesia, San Gregorio, Obispo de Nisa, y San Paulino, Obispo de Nola. San Agustín tenía incluso una esposa, considerada por la ley del tiempo como concubina (a causa de ser de clase social inferior). Por lo tanto, el matrimonio no siempre ha estado prohibido para los sacerdotes católicos de rito romano. La regla del celibato está regulada por el articulo 987, segundo párrafo del Código de Derecho Canónico de 1917, donde se establece que las personas casadas “se les impide” la ordenación sagrada. Pero, antes de llegar a esto, han ocurrido muchos pasajes.

En el Concilio de Nicea (325 d.C el primer ecuménico) reitera la cosa, con algunos “ajustes”, ampliando la posibilidad de acudir el sacerdote a la madre, a una tía o también a una persona libre de toda sospecha,  visto, evidentemente, la imposibilidad para administrar una casa  y al mismo tiempo la comunidad eclesial.

Por lo tanto, la Iglesia de los origines aceptaba que un hombre casado podía también ser también un sacerdote, pero tenía la restricción de la abstinencia. Con el Concilio Lateranense II (1139) y de Trento (1563)  declaró la imposibilidad para un ordenado al sacerdocio de contraer matrimonio. Se dejaba espacio abierto para el camino del matrimonio hacia la ordenación sacerdotal (bajo ciertas condiciones), pero no en dirección opuesta, es decir, del sacerdocio al matrimonio.

De está manera viene explicado el concepto de “celibato”, que va de la mano con aquel de “continencia”, que consiste en la abstención de tener relaciones íntimas y exclusivas con cualquiera, siendo el sacerdote dedicado por completo a la comunidad.

Incluso en la Iglesia Católica, sin embargo, algunos rituales aprueban la figura del sacerdote casado. Por ejemplo, las iglesias de rito oriental: reconocen la autoridad del Papa y al mismo tiempo, admiten el matrimonio para los sacerdotes. Incluso la Iglesia Anglicana admite los sacerdotes casados a pleno título en la Iglesia. Y es así, para los sacerdotes católicos del rito bizantino o costantinopolitano, de la Iglesia greco-católica, de rito macedonio, de rito antioquío, de rito caldea y de rito armenio.

Otra cosa, sin embargo, es el voto de castidad, propio de la vida religiosa, que consiste en la obligación de no tener relaciones sexuales y de usar las energías sagradas al servicio de Dios y de los hombres. Normalmente, el voto de castidad se profesó junto con el voto de obediencia y el voto de pobreza. Los sacerdotes no pronunciaban el voto de castidad, sino que se comprometían al celibato con la ordenación. En la Iglesia Católica, se definen los institutos religiosos de aquella sociedad eclesiástica legítimamente erigida o aprobada por las autoridades competentes (Ordinario diocesano o de la Santa Sede), cuyos miembros (religiosos) profesan votos públicos y viven en comunidades (monjes, frailes y monjas). Junto con los institutos seculares (es decir, de aquellos que han hecho la misma elección, pero no viven en la comunidad) forman parte de los Institutos de Vida Consagrada.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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