Generaciones asesinas

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Ellos han premeditado los crímenes con “un proyecto pulido, aberrante, que se fija y que poco a poco, se convierte gradualmente en un objetivo concreto de alcanzar, un objetivo utilitario.” Son las palabras usadas por los jueces en la sentencia de condena de Omar y Erika, por el asesinato infame de Novi Ligure. Erika De Nardo, que para entonces tenía sólo 16 años de edad, con la ayuda de su entonces novio, de 17 años de edad, Mauro “Omar” Favaro, asesina premeditadamente con el cuchillo de cocina, la madre Susanna “Susy” Cassini y, tal vez porque se convertió en un testigo incómodo, al hermano de once años de edad, Gianluca De Nardo. Era el 2001, y los fiscales hablaron de “dos asesinatos que por la crueldad, por el contexto, por la personalidad de los autores y por la aparente ausencia de una motivación comprensible, se presenta como uno de los episodios más dramáticos en la historia judicial de nuestro país “. Hoy, después de 14 años, nos encontramos en el enfrentar un delito similar, la misma brutalidad, la misma “locura”. Incluso los protagonistas son casi los mismos: ella de 16 años de edad, el novio apenas mayor de edad, y los padres vistos como un obstáculo. Y luego el epílogo dramático: el asesinato en Ancona, de Roberta Pierini, de 49 años, y las heridas a su esposo, Fabio Giacconi, alcanzado por numerosos disparos con un arma de fuego.

Sin embargo, sería simplista conectar solamente estos dos episodios, como si la locura estallará como lo hace un reloj, aunque si es el caso, es la mancha de sangre de una sociedad anclada en los valores y equilibrada en su conjunto. Pero no es así, por desgracia.

Justo antes del verano, la noticia ha registrado otros dos incidentes similares. La muerte de Patrizia Schettini (profesora de música de 53 años) que tuvo lugar el 1 de abril: la brigada móvil de Cosenza arrestó al hijo de 17 años. Al principio, la muerte se atribuyó a un accidente doméstico, pero las posteriores investigaciones dieron como resultado que la mujer había sido estrangulada.

A continuación, una estudiante de 17 años detenida por la policía en Melito Porto Salvo, en la provincia de Reggio Calabria, acusada del asesinato de su madre, una enfermera de 44 años, asesinada a tiros el 25 de mayo con un disparo en la sien. Después de meses de investigaciones y verificaciones, la policía ha reconstruido el incidente y acertado la responsabilidad de la chica. La cual actuó con premeditación y frialdad, impulsada por su motivo: los frecuentes reproches de la madre por el desempeño deficiente en la escuela, que culminó con la prohibición categórica del uso del teléfono móvil y sobre todo del computador.

Retrocediendo en el tiempo, en Mentana (Roma), en diciembre del 2008, el chico de 30 años de edad, Valerio Ullasci, masacra con un machete a sus padres, y después confiesa todo a la policía y les confiesa también de haber entrenado durante varios días antes de matarlos.

El asesinato es el último paso, el más atroz, de una relación desviada, donde la autoridad de los padres ya no es reconocida, donde el amor (y las reglas, las atenciones, los controles, las refrenadas) se experimentan como una “invasión intolerable del propio yo”. Afortunadamente no siempre se llega a matar, pero observando la sociedad de hoy en día, es muy fácil ver las relaciones entre los padres e hijos, en donde la comunicación es totalmente ausente. A menudo es culpa de los mismos padres, distraídos por la frenesí e incapaces de concentrarse en los problemas de los hijos, desclasificados siempre como “momentos del crecimiento” y, por lo tanto, no son considerados dignos de atención.

Otras veces, sin embargo, culpable de este mal hábito es la sociedad en su conjunto, la cual cuestionando toda la autoridad, alejando el concepto de las diferencias inherentes entre el bien y el mal, convence a las mentes jóvenes (la mayoría de estos crímenes se ejecuta en la adolescencia) que todo es permisible, con el fin de alcanzar el propio objetivo- el supuesto – bienestar.

Y entonces se maltratan a los padres, se burla de ellos, se les grita, se destruye sus almas, se viola el sistema familiar, se aniquila la serenidad de una convivencia. Todavía no estamos hablando de la eliminación física, pero son muchos los delitos en los que la víctima es la misma relación entre los padres de los hijos. Si a este cóctel letal agregamos las dosis de violencia cotidiana, que se observa en las series de televisión, películas y juegos de video, así como la búsqueda constante del horror que acaba no sólo con las conciencias, sino que incluso acostumbra a los 5 sentidos a no repeler la sangre y las masacres, no es extraño – ni siquiera horrible – que ciertas cosas sucedan.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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