El juego de la culpa

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Lo pienso cada vez que en la televisión, la publicidad televisiva de House of Cards: la realidad se arriesga de superar la ficción. Después pienso que, porque este modelo de política no me gusta, no quiero y no puedo renunciar. En la vida, tuve la suerte de conocer a personas de gran humanidad, cultural, político. Me beneficié de está extraordinaria riqueza en los años de formación y en aquellas sucesivas. La enseñanza y experiencias que he llevado siempre conmigo, tratando de estar a la altura del privilegio que se me había estado concedido.

Agentes de las instituciones o grandes “constructores” de Europa. Hombres y mujeres unidos por un sentido supremo de los asuntos públicos y de la capacidad de ver lejano. Y luego también el deseo – para alguien ansiedad, casi – para enfrentarse, de razonar juntos, de profundizar y seguir profundizando. A través del estudio, el ejercicio de la duda, la disposición a escuchar los razonamientos de los demás.

Creo que en nuestro país se necesitan lugares para la construcción del pensamiento. De “pensamiento pensante” de hecho. Lo mismo a lo que tantes veces he insistido. Y se necesitan iniciativas de formación a través de las cuales los jóvenes puedan descubrir que la política es la más noble de las actividades humanas. Es la dedicación a la comunidad y el espíritu de servicio: es pasión y participación.

Y especialmente ante esta necesidad de cultura política de la cual me convencí que mi primer deber – mío y de las personas que, como yo, han recibido muchas enseñanzas y muchas oportunidades, sea aquella de hacer”circular” los propios talentos, según la parábola evangélica. Para participar en un paciente y apasionado esfuerzo educativo.

Entre las personas más jóvenes que participan hoy a los partidos, a todos los niveles, por otra parte, muy a menudo me parece observar una carrera que impulsa a la profesionalidad política y aleja la confrontación con otros campos del conocimiento y con la realidad del trabajo, de la investigación , de las asociaciones sociales. En cambio, los que se ocupan de política tienen que estudiar más para saber más. Para ser autoritario, tiene que ser independiente. Y para ser independiente, debes estar preparado. El contraste entre la política y la tecnocracia nunca ma ha convencido; es la última reserva de los populistas. Aquella que conduce a empoderar a los que toman decisiones, los cuales se la pueden tomar con otro (pasandose la pelota versus “the buck stops here”, en la práctica). Con la consecuencia de continuar para alimentar una desilusión que consume la democracia y las instituciones.

La política competente, por el contrario, sabe beneficiarse de la “técnica”, la respeta, y decide asumiendo su responsabilidad (es  la accountability). Así como respeta a las funciones y las prerrogativas de la administración y de los cuerpos de Estado, así como de los interlocutores que forman parte de manera transparente al discurso público.

Por estas razones he decidido de crear una Escuela de política. Políticas, o sea, contenidos que dan un sentido efectivo a la política, entendida como pasión para el bien común, la tensión ética, el sistema de valores que subyace en el compromiso público. Porque – en este mundo con una creciente complejidad, interdependencia y especialización técnica que he tratado de rastrear – la política que quiere afectar a la realidad, gobernar y cambiar, requiere de hecho sólo un alto grado de competencia y rigor.

Extraído de “Ir juntos, ir lejos”

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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