HERENCIA MAGNIFICA

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Me habían hablado de Don Oreste, por lo cual fui a Rimini para conocerlo. Era 1980, yo había elegido realizar el servicio civil en lugar del militar. Nuestra reunión tuvo lugar en un salón de la parroquia de la “Resurrección”, donde me dió la bienvenida un sacerdote super ocupado. Me escuchó con mucha rapidez y casi a toda prisa, y sin embargo logró transmitirme una propuesta detallada, que era aquella de Cristo: ven y sigueme, dona tu vida a los pobres.

Era muy cálido, estaba muy enfatizado en los principios de la fidelidad a Cristo, a la doctrina, la tradición de la Iglesia. Para él no había duda de que la Iglesia Católica es la única Iglesia de Cristo y expresaba palabras bastantes duras hacia un cierto ecumenismo al agua de rosas o hacia las escuelas teológicas que, decía literalmente, “castran el cristianismo”.

Don Oreste para nosotros fue una guía segura, un maestro que siempre nos portaba al único maestro, que es Cristo, logrando comunicar su carisma específico. Nos decía siempre: “Cristo es una persona viva, no una filosofía o ideología.” En esta visión se introduce la elección de la oración, que no puede ser un sentimiento sino una adhesión consciente. Una opción también incómoda, porque a menudo un padre o una madre, tal vez con hijos naturales y acogidos, deben conquistar este espacio de oración.

La vida de la Comunidad Papa Juan XXIII, que él fundó y la cual estaba inmersa fuertemente en el mundo y en los problemas de la gente. Como la única familia espiritual, nos sentimos constantemente desafiados por está humanidad que sufre. Pero nuestra actividad necesita estar corazón a corazón con Cristo, como Don Oreste nos solicitaba: por este motivo en nuestros hogares está siempre el espacio para la Palabra y para la  Eucaristía, por ejemplo, en una pequeña capilla. En estos últimos años, nos hemos alimentado de la Palabra a través de los comentarios de Don Oreste en el Evangelio del día, titulado “El Pan de cada día”. A está especial atención añadimos la plena participación a la vida de la Iglesia, de las parroquias y de las diócesis en donde nos encontramos.

Él era un amante de la Eucaristía: todos podían apreciar el cuidado y el amor de como la celebraba. Sin embargo, la suya era una liturgia “del pueblo”, aquellos que asistían a su misa el sábado a la “Cueva Roja” realmente tenían ante los ojos, al pueblo de Dios reunido: nadie era excluido. En medio de este pueblo, Don Oreste pudo disfrutar de la presencia de Cristo y de hacerla disfrutar a los presentes. También fue un revolucionario: decía que no debemos dar por pieded a los pobres, aquello que le espera por justicia. Una visión que llevaba incluso en la Iglesia; que sin embargo, de frente a los obispos, siempre nos ha enseñado la obediencia. Nos invitaba al diálogo, a portar nuestra opinión, recordandonos que el don de la confirmación del discernimiento del Espíritu Santo en la Iglesia, lo otorga a los pastores.

Más tiempo pasa, más arraigada queda su memoria. El suyo ha sido un testimonio profético, muchos hermanos de la comunidad me dicen que es gracias a su ejemplo que hoy en día se superan las miles de dificultades de la vida cotidiana. Un dato muy positivo, es que llegan cada año, nuevas convocatorias para las familias que quieran formar parte de nuestro mundo. Y que quieran involucrarse en el extranjero, en lugares no fáciles. La voz de don Oreste, incluso hoy en día, llega a todas partes.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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