DON ORESTE BENZI: LAS COSAS HERMOSAS PRIMERO SE HACEN Y LUEGO SE PIENSAN

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Fue el 1 de noviembre del 2007, el último día transcurrido con el hombre de Dios, Don Oreste Benzi. En mi vida nunca me habría inmaginado lo que podría significar el vivir al lado de una persona santa.

Cualquiera que lo haya encontrado o conocido puede ser testigo de su increíble luminosidad, siempre logrando transmitir misericordia y esperanza. Y de hecho, entre sus lemas más utilizados, a menudo, repetía que “las cosas hermosas primero se hacen y luego se piensan” sólo para indicar la importancia de no darse nunca por vencido ante los obstáculos. Encarnar el verdadero bien con determinación e impulso, era la enseñanza práctica para impulsar a cualquiera a escribir la historia de la salvación.

Don Oreste era un hombre profundamente humilde, aunque si los medios de comunicación lo exaltaban por sus creencias radicales que no dudaba en externalizar. Sus declaraciones a favor de los últimos y más oprimidos ciertamente molestaba y a menudo sus advertencias hacían saltar de los sillones a muchos personajes. El “sacerdote de sotana lisa” caminaba por las calles del mundo, haciéndose conocer por medio de la alegría, siempre manisfestando su amor por Jesús que él veía encarnado y presente en cada persona, así como en la Eucaristía.

Don Benzi tenía la increíble capacidad de hacer sentir a todo ser humano que tenía ante él muy importante, amado y, finalmente, tomado en serio, considerado y escuchado. Como todos los santos, era imparable e hiperactivo también en la oración y en la contemplación; nombraba al Creador mientras hablaba con nosotros y la Madre del Cielo “siempre la nombraba” por sus insistentes súplicas . Sí, porque él comparaba la Virgen a una madre que al escuchar la insistencia de una solicitud de un hijo “al final te oye.”
La caridad, entendida como el vivir realmente al lado de los pobres, y la Justicia, siempre recordando que Jesús vino a la tierra para donarla, fueron sus baluartes y se mostraba muy interesado en repetir que “no se puede hacer por caridad lo que se hace por justicia”; esto especialmente en confrontación de aquellos últimos “que no pueden esperar.”

Es por este motivo que Don Oreste descuidó su salud, ofreciendo también el sufrimiento físico como expiación para el prójimo más necesitado. Sus dolencias, los dolores de todo tipo los escondia, y sólo los que estaban muy cercanos a él lo podían comprender. A veces me hacía enojar propio por este motivo y como se hace con un hijo, lo trataba de convencer de curarse. Pero su santa voluntariedad se debiá a la falta de tiempo porque “el don” no podía nunca “perder la conciencia con Dios” y por lo tanto, su funcionamiento para recuperar, consolar, salvar al hombre, cualquiera que fuera, era la prioridad absoluta.

Ese primero de noviembre fue verdaderamente increíble en todos los sentidos. Don Oreste, desde hace ya unos días no estaba en forma y el 27 de octubre en un largo viaje, me dijo que le faltaban pocos días; al ver mi reacción trató de cambiar de tema, diciendo que uno de sus deseos era el de poder regalar a sus hermanos de la Comunidad Papa Juan XXIII, la vida de los santos en formato vídeo. El 31, de regreso de otro viaje, sufrió de un colapso en el aeropuerto de Fiumicino, pero no aceptó ser hospitalizado porque tenía que ir a la discoteca donde los jóvenes lo estaban esperando. La mañana de Todos los santos, hablamos por teléfono porque quería que yo fuera en su lugar a una transmisión. Los demás me habían comentado que no se sentía bien, pero él con su tono de voz era radiante y me tranquilizó diciéndome de sentirse en forma. Y, de hecho, en la tarde cuando me llamó me sorprendió pidiéndome de encontrarlo en Rimini para una cena. Yo no lo podía creer pero era así … El viejo se había recuperado, o – decíamos por broma – nos quiere llevar a la última cena.

Esa noche, Don Oreste comió con mucho gusto, bromeando con su humor que no tenía precio. Él sabía como sonreír, reía incluso de sí mismo. Después lo acompañe a su pobre casita, en donde me habló y me dio su última bendición, diciendome “hasta mañana” … Y yo respondí: “Mañana por la mañana vengo para llevarte al hospital y trata de no escapar” … Incluso está última vez logró engañarme. La coincidencia con el Señor había llegado y el sacerdote de las calles no podía hacerlo esperar.

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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