El valor de las palabras

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Me han enseñado que las palabras son importantes. Permiten a los otros comprender quiénes somos, cómo vivimos, qué valor atribuimos a las relaciones con las personas. Las palabras no pueden ser objeto de abuso. Sobre todo en la política. Bien sea que las infraccionas o envileces. Te haces un daño a ti mismo, porque a la larga, pierdes credibilidad. Y haces un daño a la comunidad que deberías representar, que termina con alimentar esa voz confusa que suaviza los afilados detalles de las cosas. Hace falta aclarar que las palabras no pueden separarse de la realidad.

Durante años en Italia, la frontera entre las palabras y los hechos se hace cada vez más fugaz. Todo es relativo. Inclusive los números, estrictamente irrefutables, parecen convertirse en subjetivos, adaptables a según de la conveniencia de quienes los comentan. Parece un tema de comunicación política. En cambio, es una cuestión que va a explicar la degeneración de la ética pública, el deshilamiento del vínculo de confianza, entre representantes y representados, la deslegitimación del sistema político e institucional.

Afecta mucho, obviamente, la obsesión por la aprobación inmediata. Frente a la complejidad de los problemas en gran medida difíciles de explicar y aún más para resolver, el acceso directo para utilizar las palabras para lograr un cambio hoy, con buena fe de los hechos y de aquello que sucederá mañana. Es una actitud muy difundida, la causa y al mismo tiempo consecuencias, de aquella crónica enfermedad de Italia, que algunos han llamado “cortotermismo”, otros – pienso a Padoa Schioppa – “visión corta”, otros todavía con”presentismo”.

Y la actitud nacional por la cual el País está experimentando ciclos tienden a corto plazo, caracterizada por una fuerte intensidad emocional, pero que se desconectan tan pronto ocurre una nueva ola de emociones, del mismo modo apasionante. Por lo tanto, a continuación, un ciclo a través de otro, día tras día. Es la agenda pública del País, se convierte en un mosaico confuso de las prioridades advertidas como urgentes, pero muy pronto archivadas. Como el homepage de un sitio de información. O como los trend topics de Twitter.

Aplicada a la práctica del gobierno, esta tendencia afecta seriamente la tarea de quién debería dirigir el País. Gobernar y despertar emociones no son evidentemente acciones incompatibles. Hoy más que nunca, la relación empatica con las personas y sus pasiones es fundamental, aún más  teniendo en cuenta la erosión gradual del papel desempeñado en el pasado por los organismos intermedios.

En el Palazzo Chigi, todos estos discursos abstractos aparecen, sin embargo, bajo una luz única, en buena parte diferente de lo que se imaginaba. Puedes hacer política durante años o décadas, incluso a los niveles más altos, pero la presión de las expectativas de millones de personas, incapaces de advertir mejor, cuando te encuentras en esa posición. Te preguntas si tus hombros serán lo suficientemente solidos, te cuestionas sobre las esperanzas, los miedos, la incomodidad, a menudo de la desesperación que te espera – primero de ti mismo que de los demás – de las respuestas.
Lo que me decía en aquel entonces, era que la mejor manera para estar cerca del País, era hacer lo mejor posible, tratar “cada día como si fuera el último” para buscar soluciones a los problemas, respecto a una sociedad tan profundamente herida por la crisis. Todo sin sucumbir a la tentación de manejar la palabra como un mero recurso de consenso o de comentar a Italia algo diferente de la verdad.

Extraído de “Ir juntos, ir lejos”

Traducción a cargo de Adriana Montiel

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